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Chiqui Tapia: Claudio Tapia, de barrendero a dueño del fútbol argentino adorado por Messi

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Claudio Tapia (al centro), junto a Lisandro Martínez y Lionel Messi, en París (Francia), el pasado 8 de mayo.
Claudio Tapia (al centro), junto a Lisandro Martínez y Lionel Messi, en París (Francia), el pasado 8 de mayo.Alexander Scheuber (Getty Images for Laureus)

En plena onda verde de felicidad futbolera tras el título de la Albiceleste en Qatar 2022, Argentina comenzó a albergar desde el sábado pasado el Mundial Sub 20 que originalmente debía ser recibido por Indonesia. Organizado en tiempo récord pese a la crisis económica que sacude al país, la única polémica ocurrió en la subsede de Mendoza: dos carteles que suelen colgar del estadio Malvinas Argentinas, uno con la bandera nacional y otro con el mapa de las islas del Atlántico Sur, fueron reemplazados por logotipos del torneo juvenil. El cambio, que responde a la ausencia de conflictos diplomáticos que pretende la FIFA, generó disparos cruzados entre los principales partidos políticos de Argentina y dardos a la federación encabezada por Gianni Infantino: el reclamo por la soberanía sobre las islas es un tema muy sensible en el país.

Curiosamente, o no, los únicos indemnes a las críticas por la invisibilización de los símbolos patrios fueron la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y su presidente, Claudio Chiqui Tapia (55 años), el dirigente deportivo al que la tercera estrella de la Albiceleste parece haberlo revestido de inmunidad a casi todos los cuestionamientos: muy pocos se preguntaron por qué también Tapia se desentendió de una decisión de la FIFA que despertó la furia de los combatientes de la guerra librada en 1982. Pero aceptado y bendecido por Lionel Messi como el aliado dirigencial que le faltaba tras la muerte de Julio Grondona -el hombre que había gobernado la AFA 35 años-, Argentina y Chiqui ganan hasta cuando pierden: la Sub 20 había tropezado en las Eliminatorias sudamericanas pero participa en el Mundial por su condición de anfitrión, un nuevo triunfo del presidente reconvertido en el jugador 27 del plantel campeón del mundo en Qatar.

En el Mundial anterior ganado por Argentina, el de México 1986, a Messi le faltaba un año para nacer y Tapia intentaba sumar minutos como centrodelantero en la Primera D, la cuarta y última categoría de la AFA. Jugaba para Barracas Central, el club de su barrio, uno de los más vulnerables de Buenos Aires, al que había llegado de chico junto a su familia desde su San Juan natal. Tras su debut en el Ascenso a finales de 1985 –fue titular por la ausencia del 9 habitual pero salió reemplazado en el primer tiempo-, jugó por segunda vez el 12 de julio de 1986, 13 días después de que Maradona levantara la Copa del Mundo. Delantero fornido –de allí el apodo, entre la ironía y el cariño- pero sin la técnica suficiente para vivir del fútbol, Tapia no volvió a jugar en la Primera D durante los cuatro años siguientes.

En ese lapso, aunque no dejó de entrenarse en Barracas Central, debió buscarse una forma de subsistencia y comenzó a trabajar en el bufet del club, un humilde restaurante ubicado al costado del estadio, y en Manliba, la empresa de recolección de residuos de Buenos Aires desde la que empezaría su recorrido como sindicalista. Según recuerda Gustavo Castro Sosa, compañero de Tapia en Barracas y de limpieza de calles en Manliba, tenían jornadas de triple turno. “Entramos a Manliba por el cuñado de Chiqui, Carlos Morán, la pareja de su hermana, Silvia Tapia, que era capataz. A su vez, Carlos tenía la concesión del bar de Barracas y lo atendíamos entre Silvia, Chiqui y yo, que cocinábamos y servíamos. De 6 a 13 estábamos en Manliba, al mediodía trabajábamos en el bufet y a la tarde entrenábamos. Los sábados les hacíamos los sánguches a los pibes de las inferiores”.

Una película sobre Tapia podría comenzar con una recreación de los años en los que, con el carrito de recolección a su costado, espiaba los entrenamientos de Boca, su equipo del corazón, a través de las hendijas de la Bombonera: tres días a la semana le tocaba barrer las calles de La Boca. Aunque en 1990 jugaría un puñado de partidos más, primero en Dock Sud y luego otra vez en Barracas –siempre entre la C y la D-, el agotamiento físico fulminó su carrera. “Tuve que dejar, no me daba el cuerpo. Había pasado de recolector a barrendero”, reconocería en 2017.

Claudio Tapia durante un entrenamiento de la selección argentina.
Claudio Tapia durante un entrenamiento de la selección argentina.AGUSTIN MARCARIAN

Afiliado al sindicato de Camioneros cuando trabajaba como recolector, en Manliba siguió escalando posiciones: le ayudó su relación en pareja con Paola Moyano, una de las hijas de Hugo Moyano, líder omnipresente del gremio y secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) de 2004 a 2016. Uno de sus cuñados, Pablo Moyano –que muchos años después lo trataría de traidor-, le pidió que sumara municipios del conurbano de Buenos Aires al sistema de recolección de residuos y en esas negociaciones con intendentes curtidos ganó astucia política y recorrido sindical. En 2001, cuando Barracas Central corría peligro de descender a la última categoría, los dirigentes fueron a pedirle a Tapia, aquel esforzado número 9 del pasado que cultivaba cada vez mayor poder barrial, que asumiera como presidente del club. Entonces comenzó su carrera como dirigente de fútbol.

Su llegada a la AFA

Ya cercano a la rosca política, asumió en el Ceamse, una empresa pública creada para gestionar los residuos del conglomerado urbano de Buenos Aires, y llegó hasta su vicepresidencia. Desde allí sería señalado por utilizar su función con manejos discrecionales, como favorecer el nombramiento de dirigentes de otros clubes del Ascenso. Tapia empezó a cultivar un grupo leal que, tras la muerte de Grondona en 2014 y una rocambolesca elección a presidente de la AFA –con 75 votantes, terminó 38 a 38-, aprovechó el vacío de poder: en 2017, el Ascenso Unido, con Chiqui como líder, pasó a gobernar el fútbol argentino. Sólo un sindicalista había presidido la AFA, Cecilio Conditi en 1955, pero fue obligado a renunciar tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón.

Por un lado, el triunfo de Tapia fue sorpresivo. Se trataba de un candidato sin el apoyo del poder político ni mediático, sin dinero, sin estudios universitarios y sin discursos atractivos: casi no concedía entrevistas por su inseguridad frente a los micrófonos. Pero, dentro del fútbol, ya tenía peso propio, no era un outsider ni un arribista. En la Copa América 2016 se había ganado el cariño de los jugadores de la selección, entre ellos el de Messi, porque cubrió por su cuenta los gastos de una Albiceleste a la deriva por la acefalía dirigencial. Subestimado con un dejo de clasismo por su origen modesto, y mirado de costado primero por el gobierno de Mauricio Macri y luego por el de Alberto Fernández –Argentina es un país en el que el Poder Ejecutivo siempre quiere controlar el fútbol-, Tapia acertó un pleno a fines de 2018: eligió a un técnico entonces inexperto, Lionel Scaloni, al frente de la selección.

Mientras su Barracas Central ascendía meteóricamente a Primera División entre arbitrajes y cambios de reglamentos grotescos, siempre a su favor –el estadio en el que había jugado y sido bufetero fue bautizado Claudio Chiqui Tapia-, Argentina y Messi ganaron la Copa América Brasil 2021, el primer título de la selección desde 1993 y la reivindicación que necesitaba un genio hasta entonces rechazado por muchos compatriotas. Si Qatar 2022 fue la cumbre para Messi, a su aliado dirigencial también le disparó la aceptación popular: ganar un Mundial en Argentina es regalarle alegría a gente que necesita festejar y Chiqui Tapia, que en algunas encuestas pasó a medir más que varios candidatos presidenciales, comenzó a relucir un perfil muy alto, para muchos incluso demasiado. Como un rockstar, Tapia se paseó en el verano austral de 2023 con la Copa del Mundo por teatros y playas, a la vez que se mostraba en cenas con los futbolistas campeones del mundo.

En la fiesta de Argentina por el título, un amistoso ante Curazao en marzo en Buenos Aires, el locutor mencionó a Tapia una, dos, tres y hasta cuatro veces. Parte del público futbolero, que se sigue rebelando ante la organización de torneos domésticos diseñados para favorecer a los amigos poder (la Primera División tiene 28 equipos y la Segunda, 37), lo silbó, como si no le concedieran el mérito que sí le asignan a los jugadores y al cuerpo técnico. Otros los aplaudieron. Messi lo adora.

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